<p>En la actualidad, pareciera que la arquitectura se desarrolla en dos polos en principio antagónicos: por un lado, asistimos a la proliferación de imágenes de proyectos y obras que pregonan una retórica formal que está más comprometida con el ego del autor o lo que la colectividad le pide, que con una respuesta que se haga cargo, de lo que llamamos “encargo”. En el otro extremo concurrimos a una agenda disciplinar centrada en una constante e incansable propagación de proyectos e investigaciones que develan una serie de diagnósticos que se quedan en la denuncia y la protesta.</p> <p>Ambos polos coinciden en algo, concitan tras de sí una masa de fieles feligreses que colmatan redes, bienales y revistas monotemáticas. Lamentablemente estas iniciativas se transforman en referencias académicas y profesionales, promoviendo la distorsión del ejercicio disciplinar. Es así como perdemos legitimidad y espacio en las acciones que definen el futuro de los lugares que habitamos.</p> <p>En esta sobreexposición, como decía un amigo, que vela cualquier esfuerzo por contribuir de manera integral al problema, aparecen prácticas capaces de comprometerse con las urgencias contemporáneas, poniendo la capacidad de materialización formal al servicio de estas. Prácticas que son capaces de sintetizar ambas preocupaciones y otras más, en una respuesta que no siempre es edilicia. Ejercicios que se hacen permeables a la realidad y capaces, en este proceso, de renovar la disciplina.</p> <p>Probablemente por fraguarse en ese desprejuicio por lo autorreferencial, quedan a salvo de la producción formalista o la reivindicativa. Desde este compromiso con lo auténtico, plantean un cambio en la disciplina que es a la vez ético y estético.</p>
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